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Ya no recuerdo bien todo lo que comimos
pero algo habrá colado la memoria.
Cuando llegamos, sobrios,
un esclavo nos dijo que primero pisáramos
la casa con el pie derecho (pobre ingenuo)
y a la derecha de la puerta vimos
la frase cave canem: cuidado con el perro.
Detrás de las columnas meaba Trimalción
–divertido y caliente,
dispendioso y poeta,
ya que, como sabemos, la poesía
suele enchaparse en oro–
en una bacinica que sostenía un eunuco;
cuando acabó chasqueó los dedos y otro esclavo,
desnudo y delgadísimo, duro como una piedra,
trajo una jicarita con agua; Trimalción
lavó en ella las puntas de sus dedos,
que secó en el cabello de aquel chico.
Pasamos por los baños calientes, por los fríos;
alcancé a ver detrás de otra cortina
que un niño perfumaba a Trimalción;
nos sentamos por fin y otros esclavos
alejandrinos
vinieron a tirarse al pie de los sillones
y cantando una estrofa de Píndaro de Tebas
nos limpiaron los pies, los callos, los padrastros.
¡Qué bonito detalle! ¡Qué digna habilidad!
Entonces el banquete:
de entrada un bandejón de bronce de Corinto
y en él olivas blancas: collar hecho de espuma,
y olivas negras: óvalos de noche sobre el bronce;
encima, lironcillos con miel y adormidera;
en parrilla de plata: salchichones calientes
y, debajo, ciruelas y granadas de Siria;
más: en una gallina de madera
huevos crudos de pava –el mío a punto
de convertirse en pollo: una pluma, la náusea–;
con forma de zodiaco otra bandeja:
garbanzo crudo, res, criadillas y riñones,
higo africano, vulva de cochina,
tarta, pastel, lamprea, mújol, ánsar,
langosta, pececillos en salsa de pimienta…
Un gigante africano levantó la bandeja:
aves cebadas, dos ubres de puerca,
una liebre emplumada: ¡pegaso diminuto!
Los esclavos egipcios repartían el pan
de una charola; los alejandrinos,
el vino color teja. Y Trimalción hablaba
de sus anillos de ámbar, del zodiaco
y de su signo: cáncer –una hora llevaba
la comida y el hombre ya estaba borrachísimo.
(Yo también: ese vino era invencible.)
Junto a mí estaba un tipo cuyo nombre he olvidado.
Un chismoso. Decía, entre otras cosas,
que a su esposo Trimalción
Fortunata se lo trae
cacheteando las banquetas,
que la doña dice rana
y el señor agarra y salta:
“La señora es una puta;
vaya usté, amigo, a saber
lo que hará con sus esclavos
si la vieron la otra vez
¡sabroseándose a un caballo!”
El vino no paraba. Entonces los sirvientes
–¿cuántos hay en la casa? ¿cien? ¿doscientos?–
pusieron una alfombra con motivos de caza
(“Estávase la Efesia caçadora
dando en aljófar el sudor al vaño,
en la estación ardiente, quando el año
con los rayos del Sol el Perro dora”);
afuera del salón: un clamor de ladridos
y pronto una jauría de perros de Laconia
corría y olisqueaba aquella alfombra.
Detrás de ellos venía una bandeja
cargada por dos negros retocados de aceite
y allí una jabalina engalanada:
en los colmillos dos bolsas tejidas
y rellenas de dátiles,
un sombrero ridículo de parras
y en las ubres: puerquitos hojaldrados
por siempre detenidos en el acto
de mamar esas tetas prodigiosas
(más tarde nos los dieron de regalo).
Un esclavo barbón se acercó entonces,
un cuchillo de caza en la derecha y
le hirió un flanco a la bestia: de ese hoyo repelente
–perdona el adjetivo, me revolvió el estómago–
volaron pajarillos:
gorriones o pichones
que otros cazadores capturaron
y repartieron a los comensales.
Yo nunca había visto nada así.
Y mientras los esclavos servían la jabalina
(mi porción: una rebanada rosa
de nalga grasosísima con uvas
y un sextario de vino)
Trimalción tropezándose fue al baño.
Vi a Dama frente a mí, también hasta la madre,
que decía arrastrando las erres: ora sí
se me trrrepó, cabrrróns, vinus mihi in cerebrrrrrum
abiit, ayaya-yay, y Seleuco a su lado
oliéndose el sobaco y el aliento
informaba algo así:
“No me gusta bañarme, ¡se me enfría la cola!”,
y se carcajeaba.

Regresó Trimalción y aquella borrachera
se había ido al carajo. Un chico declamaba
sobre penes parados y vaginas abiertas
como puertas oscuras. Trimalción se asomó
levantado la copa y dijo amigos
pasad a los retretes, que no existe
peor tormento que aguantarse un pedo
y luego se agachó
para meterle mano a un niño mientras éste
acariciaba a un perro minúsculo y horrible.
A gritos ordenó que le trajeran
puerco asado y cordero en cacerola
y más vino sin agua y también a un perro,
cretano pura sangre, feroz, negro
como un lobo, los hombros fuertes como león,
y riéndose exigió que aquella fiera
atacara al perrito que el chiquillo
con miedo acariciaba todavía.
Entonces hubo ruido de colmillos,
huesos rotos y gritos casi humanos,
hubo el llanto del niño y el por qué
gritado a nadie nunca y el porqué
sin respuesta posible y el silencio
y los gritos del niño “¡no no NO!”
Nos quedamos callados.
Al perro le tomó treinta segundos
dejar la bestiecilla vuelta un trapo de sangre,
una sílaba necia
de tripas y de sangre.
Y el silencio duró también treinta segundos,
porque alguien se dio cuenta
de que el lechón, ¡vergüenza!, no estaba deshuesado,
Entonces Trimalción mandó llamar al chef.
Ya no me acuerdo qué castigo le tocó
pero recuerdo al pobre cocinero
hincado y suplicándole a su amo
perdón perdón perdón.

Lo siguiente es borroso.
Podría resumirlo de esta forma.
Esclavos aun más jóvenes vinieron a lavarnos,
a mí un chico egipcio,
que me limpiaba mientras
yo le tocaba el ano con el dedo,
pequeño premio hermoso y secreto,
y el que estaba sentado junto a mí
me decía: “¿Ves ese que está echado en
el sillón del liberto?
Fue enterrador. Comía como rey.
Jabalíes cerdosos, aves, vacas,
repostería fina,
comía cocineros, panaderos.
Más vino el güey dejaba caer bajo la mesa
que lo que muchos tienen en sus cavas.
Era una fantasía: no era un hombre.”
Era una fantasía. No era un hombre.
¡Que pudiera decirse eso de mí!
Pero no he sido pobre o rico (ni en el gesto),
no he comido cual rey ni he derramado el vino,
no he sido generoso ni tacaño,
he sido nada más este tipo sentado en el banquete.
Pensé en el perro muerto entonces,
en el grito del niño,
pensé en nuestro silencio, en Trimalción,
ciego de amor, de alcohol y Fortunata,
pensé en el cocinero, de rodillas,
pensé en el chico egipcio con mi dedo en el ano
y en mí cuando era niño en Egipto también.
Después el tipo aquel me dijo algo del vino,
que era del tiempo del cónsul Opimio,
y me puse a pensar en otras cosas.

* * *
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fielded : demon seed

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