llegamos al pueblo que le dicen morisco y había allí ídolos rociados con sangre de los nuestros; había dos caras que los salvajes habían desollado y adobado los cueros como de guantes, y las tenían con sus barbas puestas, y ofrecidas en unos de sus altares; había una iglesia de las nuestras y ahí veinte, treinta hombres nuestros, con los cueros cabelludos arrancados, vestidos como mujeres, caían sobre ellos los rayos del sol porque los paganos habían roto los techos de la iglesia; había cuatro cueros de caballos curtidos muy bien aderezados que tenían sus pelos y sus herraduras, colgados y ofrecidos a sus pestilentes ídolos. y en el mármol de una casa había esto escrito con carbones: aquí estuvo preso el sin ventura de alonso ruvalcaba con otros muchos que traía en mi compañía.
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