verá, dios padre: no solo su hijo:
yo también estoy hundido en este pozo.
le concedo la razón den la mañana:
debo saber convivir con el hueco,
con la sangre que mi madre y vd. me regalaron;
debo aprender de la quietud de cuervo en jaula.
(quizá en mi vida próxima yo sea la jaula.
y así).
acaso no lo sepa, pero por las noches me desnudo
me paro en cuclillas en la cama
y le canto al dios plumaje
patrón de mis huesitos tristes
y le digo si yo no puedo que tu soplo pueda
si yo no puedo que tu soplo pueda.
quizá no lo sepa porque jamás ha sucedido,
pero sucede a menudo mientras duerme.
también me dirijo a dioses más lejanos
(esto no deja de ser el espacio):
1. duerme vigilia duerme.
2. despierta cuervo en jaula:
una vida más para que tu elemento pluma — – -
2. arriba insomnio arriba.
arriba:
tuya es la dicha y la cura.
soy ese perro que ladra de abulia.
también ese par de ancianas que cruzan
la calle sin que las deje el taxista.
(soy el taxista el coche y el calor).
el asfalto como mis ojos: roto.
soy esa señorita piernilarga
sin sonrisa, latente y orgullosa.
(soy el novio que la espera mientras fuma).
soy esta bolsa de ropa sudada
que duerme tantas tardes y hoy descansa;
soy la plancha el planchador. soy vapor.
soy la pizza: el polvo de la moto,
los pesos que reciba cuando llegue.
no soy mi celular que tanto hiere.
imagina, si quieres, un pueblo dormido.
imagina cómo, cuando el clima dio la vuelta,
encogimos nuestros hombros
y nos encargamos del placer.
y entonces: la tierra, el cielo y el agua.
todo
mudó de color.
intranquilos, miramos a otra parte.
cuando volvimos a mirar, vimos los campos
vaciarse y secarse,
largo septiembre mutando hacia otoño,
los Años de Invierno que siguieron.
nos volvemos más pequeños: el pueblo que muere
más rápido de lo que nace.
ya lo hemos dicho: nada sobrevive más allá de la frontera,
esa línea que separa
la zona donde uno nunca podría vivir
de ésta, donde apenas si se vive.
siguen sin volver los pocos que se fueron.
te escribo esta carta
aunque quizá tú no me escribas.
por duelo o por tristeza, dudo
saber tus razones. intento recordarte
en una Edad que no soporta los recuerdos.
sé, sin embargo, que los ocasos
son más bellos y, en no menor medida,
la lluvia cálida y lenta.
robusto fue nuesto postrer otoño.
la fruta fue grande y naranja.
hoy los objetos se fatigan. los objetos
que alguna vez amamos se fatigan.
poco a poco mandamos el desastre
al otro lado, a territorio vallado.
allá puedes encontrar de todo:
ingeniosos aparatos de metal
cuyos usos fueron ya olvidados;
un florero con plumas pavorreales,
libros de fotos
que nadie quiere abrir.
imagina un mundo reducido a sus Inviernos.
imagina, si puedes, una tierra
que suspiró, se dio la vuelta
y durmió mil años más.
en el tiempo que nos queda:
¿hablaremos?
¿hablaremos alguna vez del tema?
el mundo se detiene en seco. una llamada, un insomnio, un secreto mal guardado basta para que la bicicleta estalle contra el muro de concreto. somos iguales: yo, como tú, alguna vez preferí palabras encima de caricias.
tan pocos: no más versos bien medidos.
si supieras lo que no te dije: hay tanto amor en ello. pienso lo que el nombre esconde – lo que tu nombre. y luego que yo no sé tirar la toalla. pero, esto lo sabes, debo buscar mi casa.
líder de nadie,
aunque alguna vez tuve la confianza de un gorrión.
(era tanta. preferí matarlo).
lavo la fruta con el paño de mis manos:
el agua de los lagos vive lejos.
las hojas del árbol son mi pastor,
pero también el yugo:
mi nombre significa “yunta de la sombra”.
no tengo perro
–suficiente cosa son mis excrementos–
pero simpatizo con sus perplejidades.
admiro al sol, mas lo desprecio;
odio la noche y, sin embargo,
desde la noche escribo lo que escribo
y en la noche vuelvo a casa.