–he visto lo que los klingon
han hecho en planetas como éste:
los han convertido
en campos vastísimos
de trabajos forzados.
no habrá libertad:
han tomado rehenes y asesinado;
sus líderes serán
enviados a prisión:
este planeta será convertido
en una verdadera colonia penal.
–capitán, creo
que su preocupación es genuïna
pero le aseguro otra vez
que no corremos peligro alguno:
si alguien está en peligro
es usted
y eso nos apena grandemente.
(me voy del otro lado. fuerzas me jalan desde lejos, desdel sur tan lejos. una de ellas eres tú. qué feroces fuimos: en qué cosa tan nimia nos hemos convertido. récord imbatible de promesas y promesas incumplidas: mil y cero. carajo. carajo todo).
la cena transcurrió entre risas y canciones.
unos contaban veladas ofensas de trabajo,
otras gritaban sus amores viejos
como aquellos guerreros de la iliada
con caballos derrotados por la lanza.
los más ecuánimes fumaban truncas cajetillas de cigarros,
bebían a sorbos y mezclaban esos sorbos
con traguitos de agua fresca.
sus hijos y, en algunos casos, los hijos de sus hijos
descansaban bajo techos
agrietados de humedad
con la promesa de volver a ser pintados en verano.
cuántas botellas cuántos dichosos humos
cúantas pláticas a medias cuántas cosas blandas.
ninguna pregunta importante para serte franco,
ninguna destrucción valiosa.
y en la esquina –de la mesa,
pero también la esquina de los años
de una vida mal llevada
de irresponsables enamoramientos cortos,
de nocturnas cristalizaciones de retinas,
largas cicatrices sin astucia–
un hombre pensaba:
“sé qué quiero aquí” (señalando su mesa),
“pero no sé qué quiero aquí”,
alcanzamos a escuchar.
lo dijo en voz pequeña y tibia como insectos matutinos,
haciendo un cantarito con sus manos.