i
anoche soñé a lula. yo jugaba solo con un balón de futbol en la calle tepic, colonia roma. me automandaba pases contra la pared. de pronto una mirada me hizo voltear: en la esquina de monterrey estaba lula. se veía feliz. le grité: ¡lula!, y se echó a correr hacia mí.
ii
lula llegó a mi casa en 1995. la traía saít –un tipo cagadísimo que este año cumple 40 y sigue pareciendo (salvo por las canas, la panza y las arrugas) de 25– en una mochilita azul en la que con trabajos cabría un kilo de tortillas. parecía un juguete. y tenía miedo: se notaba que había vivido mucho tiempo en la calle a pesar de su edad, que suponíamos de unos meses. quédatela, wey, decía saít, pero yo me negaba: quería vivir solo. la llevé a un albergue. la aceptaron con una admonición: era muy joven y tenía pocas posibilidades de sobrevivir entre los 400 perros que vivían ahí. ni modo, dije, y la dejé de todas formas. tomé el microbús que bajaba por constituyentes. a los dos semáforos menté madres, me bajé y regresé al albergue: ¿puede devolverme a mi perra? a la señora aquella le dio gusto verme; no recuerdo si lula ya podía reconocerme.
y después ya nada fue como había sido: las casas son perímetros muertos hasta que un perro las habita con su dicha. (otros dicen: “hasta que un hijo las habita con su dicha”; pero eso yo no lo sé.) y lula habitó la casa minuciosamente. la cama era uno de sus gobiernos: si alguien dormía conmigo, lula elegía dormir en medio de nosotros (“como un dios”); si dormíamos solos, lo hacía como humano: con la cabeza puesta en la almohada y las sábanas cubriéndola hasta los hombros; si se servía comida, lula exigía su parte, y su parte le era dada –he aquí una breve lista de sus platos favoritos, por que no los borren los siglos: tacos al pastor, quesadillas, pato laqueado, salchichas con limón y valentina, tortilla de patatas, caca, klínex usados–; a media noche lula iba al baño y después se sentaba junto a la cama a verme fijamente hasta que me despertara y le invitara una galleta ritz: nunca no me desperté. en las fiestas, en medio del alcohol y los gritos y la vida que nosotros inocentemente llamamos vida verdadera, lula nos miraba: aceptaba caricias y nos aceptaba a nosotros con una paciencia que por supuesto yo no entiendo. (sólo había dos cosas prohibidas en mi casa: fintarla –digamos, con una pelota inexistente– y darle alcohol.) y sobre todo lula estaba ahí: yo, roto, y lula ahí chupándome la cara o los brazos; yo, dichoso, y lula ahí echada de panza como un premio que se merece el que es feliz por ser feliz.
hace dos viernes la llevé al doctor: optimistas, me dijeron que era mejor que le operaran un par de tumores. yo estúpidamente dije: adelante. luego, el domingo en la madrugada, lula se murió.
iii
anoche soñé a lula. le gritaba: ¡lula, ven!, y ella se echaba a correr hacia mí, saltarina y repuesta y feliz. yo también estaba repuesto y feliz. entonces llegaba hasta mis pies y yo no la podía tocar, como a un holograma o un fantasma. recordé en el sueño: lula está muerta, y en voz alta pedí no despertarme. pero, evidentemente, desperté: y aquí estoy y lula es un montón de cenizas y yo escribo estas torpes líneas como seguiré haciéndolo después inútilmente. inútilmente.











